31 de diciembre de 2009

Corbata

Me ocurrió la otra tarde mientras ojeaba artículos en distintas plantas de un centro comercial. Mi primera intención no era comprar sino ver. Lo hago con frecuencia porque me relaja y entretiene. Mucho menos, mi propósito en aquel lugar era el de vender algo. Fue una vivencia curiosa, que se prolongó durante más de dos horas.

Esa tarde yo iba vestido con traje de chaqueta, uno que heredé de mi padre. Para ir más elegante y abrigado, se me ocurrió anudarme una corbata que había comprado en Milán, a dos palmos del Duomo, muy cerca de donde le rompieron los dientes a Berlusconi. Era de seda natural, con unos cuadritos muy simpáticos. Hasta ahí, todo perfecto. El asunto comenzó poco después.

Cuando me encontraba en la planta baja, se me acerca una señora muy agraciada y me dice que si le puedo vender un bolso de marca. Le dije que todos los que quisiera porque yo no era empleado de aquella tienda. La señora me pidió disculpas pero me seguía mirando con ojos de incredulidad y con cierta complicidad.

Luego subí a otra planta para echar un vistazo a unos regalos que debo dejar a un ahijado. De pronto, me aborda una dama solicitándome el precio de una 'Barbie' para su hija. Le puede decir cuánto valía gracias a una etiqueta llamativa que me sacó de aquel apuro. Fue muy amable conmigo. Al darse cuenta de que yo era un cliente como ella, me brindó una cálida sonrisa.

Después descendí varias plantas para examinar una prenda de lencería muy bonita. Se trata de un capricho inexcusable que suelo regalar por estas fechas. Aún no había aterrizado allí, me aparece otra 'Barbie' y me pregunta por la talla de aquella prenda. En ese momento, la corbata casi me asfixia.

Para estabilizar la tensión arterial, subí de nuevo hasta la planta de productos electrónicos. Mientras sorteaba los expositores, me interpela un cura vestido de paisano que deseaba compatibilizar Windows 7 en su Mac de última generación. Le indiqué que podía hacerlo de forma nativa o mediante una máquina virtual. Aquella santa criatura me dio las gracias y todo tipo de bendiciones. Antes de despedirse me preguntó cuál era mi turno de trabajo por si tenía que hacerme una nueva consulta. Le expuse que yo no era Linux y que tampoco trabajaba allí pero él pensó que se trataba de una mentira laica. La corbata ya me tenía desesperado.

Así en otras plantas. En cada una me aparecía un potencial cliente y es que todos establecían un vínculo inequívoco entre corbata y vendedor. Por donde único no pasé fue precisamente por la sección de corbatas, no sea que alguien pretendiera que le vendiera una.

La experiencia fue muy gratificante porque, sin proponérmelo, me permitió hacer relaciones públicas espontáneas y conocer a más gente aunque no vendiera ni un céntimo. Aquella tarde, mi cartera de conocidos se expandió exponencialmente.

Esta noche, usaré una pajarita para recibir el nuevo año. Felicidades.

Bendito nudo.

30 de diciembre de 2009

Azúcar

En su justa medida. Ni hiper ni hipoglucemia.

El asunto tiene que ver con una experiencia personal que sucedió en la cafetería donde desayuno habitualmente. No lo hago en casa porque me sale más caro. Un día se me ocurrió realizar un sencillo cálculo de economia aplicada y obtuve que es más barato desayunar fuera. Al precio de la leche le sumé el del café. Al coste del butano le agregué el del agua y el detergente para lavar la loza. Cuantifiqué la mano de obra, más el mantenimiento del lavavajillas y el consumo eléctrico. La conclusión fue inmediata: desayunar en casa es una ruina.

Incluso, ahorro con el azúcar. La razón es muy sencilla. No me gustan los productos excesivamente dulces. Si el café con leche lo acompaño de algún pastel, ya la dependienta sabe que no necesito ningún sobre. Es tan buena profesional que conoce mis gustos. El otro día, mientras me atendía con la amabilidad de costumbre, me sirvió el desayuno sin los dos sobres preceptivos. El encargado se percató de su 'olvido' y la reprobó por aquel lapsus.

Intervine de inmediato para aclarar la cuestión, persuadiendo a aquel señor de que la camarera era una excelente profesional. Sabía personalizar la atención al cliente: para ti tres sobres porque eres goloso y para mí ninguno porque soy así. Ojalá encontremos en todos los servicios de restauración un personal que nos trate a la medida.

Bendito terrón.