30 de diciembre de 2009

Azúcar

En su justa medida. Ni hiper ni hipoglucemia.

El asunto tiene que ver con una experiencia personal que sucedió en la cafetería donde desayuno habitualmente. No lo hago en casa porque me sale más caro. Un día se me ocurrió realizar un sencillo cálculo de economia aplicada y obtuve que es más barato desayunar fuera. Al precio de la leche le sumé el del café. Al coste del butano le agregué el del agua y el detergente para lavar la loza. Cuantifiqué la mano de obra, más el mantenimiento del lavavajillas y el consumo eléctrico. La conclusión fue inmediata: desayunar en casa es una ruina.

Incluso, ahorro con el azúcar. La razón es muy sencilla. No me gustan los productos excesivamente dulces. Si el café con leche lo acompaño de algún pastel, ya la dependienta sabe que no necesito ningún sobre. Es tan buena profesional que conoce mis gustos. El otro día, mientras me atendía con la amabilidad de costumbre, me sirvió el desayuno sin los dos sobres preceptivos. El encargado se percató de su 'olvido' y la reprobó por aquel lapsus.

Intervine de inmediato para aclarar la cuestión, persuadiendo a aquel señor de que la camarera era una excelente profesional. Sabía personalizar la atención al cliente: para ti tres sobres porque eres goloso y para mí ninguno porque soy así. Ojalá encontremos en todos los servicios de restauración un personal que nos trate a la medida.

Bendito terrón.

29 de diciembre de 2009

'Volare'

Titular de prensa:

"Prohibido levantarse y usar el mp3"

Siempre que la escucho me fascina. Es 'Volare', posiblemente una de las canciones italianas más populares y conocidas. Nació en 1958, en el Festival de San Remo.

En aquella época no existía el mp3 ni había sabotajes en los aviones. Era un mundo menos globalizado, más sencillo y tranquilo. Acaso la incertidumbre de la Guerra Fría ponía una chispa caliente entre los cielos de oriente y occidente.

Cincuenta años después gozamos de un sinfín de artilugios tecnológicos que nos acompañan y abruman: el DVD, el pendrive, la telefonía móvil, la PSP, el bluetooth... Pero cincuenta años después nos siguen dando ganas de orinar cuando vamos en un avión o de escuchar 'Volare' cerca de los cirros. A partir de ahora ya no lo podremos hacer.

Si viajar en avión supone un riesgo, una estrechez y una angustia, mucho más lo será si no me dejan ir al servicio después de haber ingerido una par de 'garimbas'. Siempre que subo a un avión me doy cuenta de la inutilidad estadística de los chalecos salvavidas. En contadísimas ocasiones se usan. Con las nuevas medidas de seguridad, lo suyo sería sustituir esos chalecos o habilitar bajo los asientos bolsas recolectoras de orina, similares a las que se usan en los hospitales. De esta manera, cada pasajero adaptaría la sonda a su organismo para viajar sin una preocupación añadida.

Como alternativa al mp3 se me ocurre que lo más idóneo sería que el pasaje fuera cantando mientras dura el vuelo, excepto en las maniobras de despegue y aterrizaje.

Bendito San Remo.